Municipios de Bizkaia (7)

Continúo el recorrido por otros ocho municipios de Bizkaia, los siguientes en orden alfabético a los publicados el pasado 27 de abril. En total son 112 y los recorrí entre los años 2012 y 2016. De esta forma pausada os iré mostrando lo que en mi opinión es lo más interesante en cada uno de ellos.

Comienzo esta entrega con Iurreta, municipio desanexionado de Durango en 1990, más extenso que él (18,84 km²) y mucho menos poblado (3.665 habitantes). La parte más monumental se sitúa en Aita San Migel plaza, a la que se asoman la iglesia de San Miguel Arcángel, con su torre barroca, y el palacio Goikolea, construido en 1670, actual sede del Ayuntamiento, frente al que vemos la escultura de un dantzari. En la zona rural del municipio hay que citar el barrio de Goiuria, que cuenta con excelentes vistas sobre las crestas del Duranguesado, elegantes caseríos, un hórreo y la ermita de Santa Catalina.

Muy cerca también de Durango tenemos el siguiente municipio, Izurtza, mucho menos extenso (4,28 km²) y poblado que el anterior (252 habitantes). Cuenta con notables casas-torre, como la de Etxaburu y la de Izurtza o Bekotorre. Otro edificio civil destacado es el palacio Arana, edificado en 1852. Bajo la atenta mirada del Mugarra hay hermosos caseríos y un coqueto edificio sede del Ayuntamiento. De los edificios religiosos me quedo con la iglesia parroquial de San Nicolás Obispo (siglo XVI) y la ermita de Erdoitza, ubicada en Bitaño.

Cambiamos de zona y nos dirigimos al extremo occidental de Bizkaia, donde se encuentra el municipio más extenso, 137,87 km², que cuenta con tan sólo 2.803 habitantes. Se trata de Karrantza Harana/Valle de Carranza, precioso territorio eminentemente rural, que cuenta con lugares tan interesantes como las cuevas de Pozalagua y el Centro de Interpretación del Parque Natural de Armañón. Recorriendo sus numerosos barrios mientras contemplamos el monte Ranero, nos vamos deteniendo en preciosos lugares como El Suceso, conjunto formado por el coso taurino, el monumento a la Virgen y el Santuario, de donde nos desplazamos al museo de la iglesia de San Andrés de Biáñez y el núcleo de Concha, que cuenta con monumentales casas de Indianos y un coqueto Ayuntamiento. Para la tarde dejamos la iglesia de San Miguel de Ahedo, el Colegio-Seminario y el Palacio de Villapaterna. Nos ha faltado tiempo para ver todo.

Nos desplazamos ahora al municipio de Kortezubi, desanexionado del de Gernika en 1987. Tiene una extensión de 12,03 km² y una población de 442 habitantes. Se hizo famoso por su peculiar alcalde durante casi 28 años, José Antonio Bastegieta “Marko”, propietario de la conocida cervecera, que sigue atrayendo a numerosas personas tras visitar la cueva de Santimamiñe y el bosque de Oma, ahora cerrado. El núcleo principal es Enderika, donde están el Ayuntamiento y la iglesia gótica de Santiago (siglo XV). Nos acercamos también a al barrio de Basando y a las ermitas de San Pedro y de San Mamés, situada junto a la entrada a las cuevas.

Kortezubi cuenta o mejor dicho contaba con otro precioso lugar, el Bosque de Oma, realizado a mediados de la década de 1980 por el artista basauritarra Agustín Ibarrola y formado por 47 figuras de vivos colores, pintadas sobre unos pinos que alcanzan una altura de hasta 30 metros. Sin embargo, lleva ya tiempo cerrado porque los pinos sufren la llamada banda marrón, una enfermedad que ha afectado al 80% de ellos. Parece que se quiere volver a crear un espacio similar en un lugar cercano pero, para el recuerdo, lo dejo tal como lo vi cuando, por cierto, lo estaban repintando.

La siguiente cita la tenemos de nuevo en el extremo occidental de Bizkaia, limítrofe con Cantabria y vecino del Valle de Carranza. Mientras que ese municipio es el más extenso del territorio, Lanestosa es el más pequeño, pues cuenta con una extensión de 1,31 km², con una población de 253 habitantes. Pese a ello, recibió el título de villa el 6 de junio de 1287, en Burgos, dado por el Señor de Vizcaya, el Conde Don Lope Díaz de Haro, por lo que cuenta con señoriales edificios, como el palacio Colina, el Ayuntamiento, las antiguas escuelas y lavadero y la iglesia de San Pedro. También os recomiendo visitar Kobenkoba, Centro de interpretación del arte rupestre.

Cambiamos de zona. Ahora toca el valle del Txorierri, donde se encuentra el municipio de Larrabetzu, que tiene una extensión de 21,39 km² y una población de 2.037 habitantes. El centro urbano resulta muy interesante, sobre todo el entorno de Askatasuna plaza, donde se encuentran el Ayuntamiento, el original palacio Ikaza (siglo XVI) y, a un paso, el palacio Anguleri y la iglesia de Andra Mari. También resulta interesante acercarse al barrio de Goikolexea, distante 1,4 km y accesible en Bizkaibus, donde destaca la iglesia de los Mártires San Emeterio y San Celedonio, que posee uno de los retablos hispano flamencos más notables de Bizkaia.

Entre Erandio y Mungia tenemos el municipio de Laukiz, que cuenta con una extensión de 8,15 km² y una población de 1.227 habitantes. Es una zona eminentemente rural que cuenta con cinco barrios, estando su núcleo principal en Elizalde, donde se encuentran la iglesia de San Martín, fundada en 1748, y el Ayuntamiento, edificio en el que nació el poeta Esteban Urkiaga Basaras “Lauaxeta”. También resulta interesante el restaurante Ganene. Fuera del centro urbano tenemos la Casa de Virgen de Unbe, lugar peregrinación mariana.

Concluyo este rápido recorrido por ocho municipios de Bizkaia, en el que resido desde hace casi 28 años, Leioa, que cuenta con una extensión de 8,36 km² y una población de 32.013 habitantes. Es la sede del campus principal de la Universidad del País Vasco. Como necesitaría mucho espacio para hablar de mi pueblo, de sus parques y zonas rurales, me voy a ceñir a la arquitectura, comenzando con la religiosa, pues tenemos la iglesia parroquial de San Juan Bautista y tres ermitas, Ondiz, San Bartolomé y Santimami, aunque esta pertenece por poco a Erandio. De la arquitectura civil destaca el palacio de Artatza, aunque también son dignos de mención el Ayuntamiento, la Torre de Ondiz y el palacio Mendibile, sede del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Bizkaiko Txakolina. Si deseas más información te remito a otra entrada que publiqué el 8 de septiembre de 2020: https://blogs.deia.eus/de-leioa-al-mundo/2020/09/08/del-mundo-a-leioa-mi-pueblo/

Me gusta incluir siempre alguna ruta a pie, pero al no ser posible realizar la del bosque de Oma, os relato la que realicé el pasado 21 de agosto. Consiste en subir a San Pedro de Atxarre (312 m), desde Akorda (170 m), barrio perteneciente al municipio de Ibarrangelua. El sendero parte de una cruz situada poco antes de entrar al barrio, presidido por  la iglesia de Santa María Engracia. Al principio es muy estrecho y cerrado pero, en cuanto se alcanza el barrio de Allika, se convierte en un amplio camino casi siempre empedrado, que nos lleva hasta la ermita del siglo XV ubicada en la cima, con una excelente vista sobre Urdaibai, la playa de Laida, la ría de Gernika y Mundka. En poco más de 30 minutos se llega a la cumbre. El camino es muy frecuentado en verano y está muy bien señalizado. También se puede subir desde Kanala. En Akorda está el monolito en homenaje a Juan Telletxea, los marinos del Bou Nabarra y del Eusko Itsas Gudarostea. Luego nos dirigimos al barrio de Gametxo, para fotografiar  la isla de Izaro.

Las fotos que ilustran esta entrada fueron tomadas entre el 10 de abril y el 12 de septiembre de 2014, salvo la ruta de San Pedro de Atxerre, que corresponden al 21 de agosto de 2021.

Dublín, la guinda del viaje

Concluyo el relato del viaje a Irlanda realizado del 6 al 20 de junio de 2016, que os contaba en tres entradas el pasado mes de junio. Intencionadamente dejé a parte el relato de nuestra estancia en Dublín, ciudad en la que pasamos las tres últimas noches, por dos motivos. El primero, porque la capital irlandesa tiene personalidad propia como para justificar una escapada con destino a esta ciudad. El segundo, porque esperaba que la compañía irlandesa volviera a enlazar los aeropuertos de Bilbao y Dublín, cosa que ya ha sucedido, pudiendo realizar cómodamente el viaje en poco más de dos horas.

La primera jornada en la capital irlandesa la dedicamos en primer lugar a comprar el Dublin Pass, que ahora cuesta 86 € y permite el uso ilimitado del autobús turístico y la entrada a un montón de lugares, los que os cito a continuación y algunos más. Os recuerdo que en Irlanda nada es barato, pero sólo las entradas a los lugares que cito cuestan 92 €, así que merece la pena. A continuación nos acercamos a O´Connell Street, la principal arteria de Dublín, donde se encuentra The Spire (La Espiral), una gran aguja que se eleva 120 metros desde el año 2003. Contemplamos algunos monumentales edificios, como el de Correos y paseamos por el St Stephen’s Green Park.

Nuestro recorrido continúa por el barrio más carismático de Dublín, de nombre Temple Bar, conocido sobre todo por su vida nocturna, pues sus estrechas callejuelas están llenas de pubs y restaurantes, muchos de ellos adornados con globos y banderas de Irlanda, pues su selección disputaba en Francia la Eurocopa de fútbol. La siguiente visita la tenemos muy cerca. Se trata del Dublín castle (castillo de Dublín), edificio del siglo XVIII, sede del Gobierno británico en Irlanda hasta 1922.

Nos dirigimos ahora a la notable Catedral de la Santísima Trinidad (Cathedral of the Most Holy Trinity), popularmente conocida como Christ Church, perteneciente a la anglicana iglesia de Irlanda. Es la más antigua de las dos catedrales medievales de la ciudad, pues su construcción comenzó en 1172. En ella vimos el ensayo de un grupo coral, para luego visitar la exposición que se realiza en su enorme cripta, del siglo XII, la estructura más antigua de Dublín que aún se mantiene en pie.

Justo al lado tenemos uno de los lugares que más nos han gustado de la capital irlandesa, Dublinia, una exposición que invita a realizar un viaje al pasado, para conocer la historia de Dublín durante la época vikinga y la Edad Media. Este museo se ubica en el Synod Hall, un edificio neogótico construido en 1875 sobre la iglesia medieval de S. Michael. Está organizado en tres partes bien diferenciadas: Dublín vikingo, Dublín medieval, y una zona denominada «History hunters» (Cazadores de historias). Merece la pena.

Y de aquí a la otra Catedral, la dedicada al patrón de Irlanda, San Patricio (St. Patrick’s Cathedral), también perteneciente a la iglesia de Irlanda. Erigida junto a un pozo en el que San Patricio bautizó a los conversos en torno al año 450, constituye la mayor iglesia del país. Su interior parece un museo, por la cantidad de bustos, estatuas, placas, sepulcros y banderas que guarda, que reflejan diferentes momentos históricos ocurridos durante su existencia. Su construcción se realizó entre los años 1200 y 1270.

Dejamos los lugares culturales para visitar ahora algo más lúdico, la conocida como Fábrica de Guinness, que no es otra cosa que su antiguo almacén (Guinness Storehouse), construido en 1904 para ser utilizado como lugar de fermentación de la cerveza Guinness, que tiene como marca registrada el símbolo de Irlanda, el arpa. El edificio cumplió con su cometido hasta 1988, volviendo a abrir sus puertas en el año 2000 para mostrar sus exposiciones. Este lugar es como un museo cuya visita merece realmente la pena, pues estuvimos aquí casi hora y media. Si no dispones del Dublín Pass, la entrada cuesta 18,50 €, que incluye la pinta que uno mismo se escancia tras superar el cursillo de aprendizaje.

Comemos bastante tarde en la zona para luego realizar la última visita de la jornada, pasando de la cerveza negra al whiskey irlandés, como aquí se llama a esta bebida espirituosa, así que accedemos a la antigua Destilería de Jameson (The Old Jameson Distillery), fundada por John Jameson en 1780. Como no teníamos tiempo, hemos pasado de largo la Cárcel de Kilmainham. Al final no hemos conseguido entrada hasta el último pase. Acompañados por un guía, durante una hora fuimos pasando por las diferentes zonas en las que se llevaban a cabo la molienda, la maceración, la fermentación, la destilación y la maduración, fases necesarias para la elaboración del whiskey. Si no dispones del Dublín Pass, la entrada es la más cara de todas, pues cuesta 22 €, que incluye la degustación de una copa de este licor. Salimos sobre las 19 horas así que, cansados, optamos por coger el autobús de regreso a nuestro retiro universitario, en el que cenamos, tras tomar una pinta en un pub, a mitad de precio que en el centro.

Hemos acertado en dejar para el 19 de junio la visita más complicada. Digo esto porque llueve y porque para acceder al Trinity Collage hay que hacer interminables colas pese a que la entrada no es barata (16 €). En nuestro caso fueron 45 minutos bajo un paraguas. Luego dedicaríamos más de hora y media a fotografiar los jardines, los diferentes edificios, las esculturas y la visita interior, la Antigua Biblioteca y la exposición sobre el Libro de Kells, un manuscrito ilustrado con motivos ornamentales, realizado por monjes celtas hacia el año 800. Fundada en 1592 por la reina Isabel I, Trinity Collage es la Universidad más antigua de Irlanda. La Biblioteca posee la mayor colección de manuscritos y libros impresos de Irlanda. Desde 1801 recibe un ejemplar de todas las obras publicadas en Irlanda y Gran Bretaña, por lo que en la actualidad posee casi tres millones de libros repartidos en ocho edificios. El edificio de la Antigua Biblioteca fue construido entre 1712 y 1732, por lo que es el más antiguo de los que se conservan.

Sigue lloviendo, así que, después de comer, optamos por visitar otro lugar cerrado, ubicado también en el centro. Se trata de la Galería Nacional de Irlanda (National Gallery of Ireland), que alberga una colección de arte irlandés y europeo desde la Edad Media hasta el siglo XX. Este museo, cuya visita es gratuita, fue inaugurado en 1864, aunque ha tenido que ser ampliado en sucesivas ocasiones. Cuenta con 54 salas en las que se exponen más de 800 obras de arte, algunas de grandes maestros de la talla de Caravaggio, Rembrandt, Monet, Velázquez, Picasso, Goya o Van Gogh.

Al estar el día lluvioso, hemos podido dedicar más tiempo a la comida antes de acceder al Museo. Al final dejó de llover y pudimos ir a despedirnos de la zona más tradicional de Dublín, Temple Bar, con sus pintorescos pubs, para luego callejear un poco antes de retornar al lugar que elegimos para pasar estas tres noches, Dublin City University – Campus Accommodation ***, donde se alojan los estudiantes durante el curso. El centro de Dublín resultaba prohibitivo, aunque este no era nada barato, 100 € la noche en una espartana habitación doble con baño y desayuno incluido. En cada pasillo había una sala con cocina y televisión.

El 20 de junio concluía nuestro viaje de 15 días dando la vuelta a Irlanda. Desayunamos con tranquilidad y nos dirigimos al cercano aeropuerto. El vuelo EI 748 de Aer Lingus, con destino a Bilbao, puso fin a nuestro periplo irlandés.

Escapada soriana

Como en Leioa estamos pasando el verano debajo de una nube y teníamos ganas de ver las Perseidas, que se mostraban en su máximo esplendor la noche del 12 al 13 de agosto, decidimos realizar una breve escapada de tan sólo 3 días a la provincia de Soria, cuya capital tenemos a 241 km de casa. La primera foto que ilustra este párrafo es del área de servicio de Altube, que desde que lo regenta La Pausa ha perdido la gracia que tenía antes, además de ser muy caro. Ya no venden prensa, la comida es en plan autoservicio y si quieres tomar un vino, tienes que comprar una pequeña botella. Es por ello que en esta ocasión, tanto a la ida como a la vuelta, hicimos un alto en el camino en la localidad de Panzares, situada a orillas del río Iregua con vistas a los Mallos de Cameros, al borde de la carretera que une Logroño con Soria por el puerto y túnel de Piqueras. A la ida en el Mesón de los Ángeles y a la vuelta en la Venta de Panzares, del que no olvidaré fácilmente la tarta de queso casera.

Para esta corta escapada hemos elegido para pernoctar las dos noches el Parador Antonio Machado, edificio moderno y un tanto impersonal, en el que agradecí especialmente, debido al intenso calor, su aire acondicionado y la comida en su restaurante, donde compartimos un exquisita ensalada con espárragos en tempura, a la que siguieron sendos platos de paleta de cordero y solomillo de ternera de Ávila. Además el alojamiento nos salió gratis gracias a los puntos obtenidos con las estancias anteriores. El Parador está ubicado a 1 km de la plaza Mayor, en el parque del Castillo, desde donde bajamos caminando hasta el centro a las 6 de la tarde, con 35 grados de temperatura, pasando por el mirador del Sagrado Corazón.

Un calor al que no estamos acostumbrados, condicionó bastante esta escapada. Como en la ciudad de Soria hemos estado unas cuantas veces, la última hace 5 años, decidimos dedicarle tan solo un par de horas, centrándonos principalmente en sus iglesias, así que comenzamos por la Concatedral de San Pedro, en cuyo interior se estaba muy fresco. Destaca en ella su plateresca portada sur, presidida por la imagen de San Pedro con las llaves en la mano. Una vez en su interior, lo más importante es el retablo mayor (siglo XVI) y, sobre todo, el claustro románico del siglo XII (entrada: 2 euros), declarado Monumento Nacional.

Pasamos junto al Palacio de los Condes de Gómara el edificio más representativo de la arquitectura civil renacentista de la ciudad y la iglesia del Carmen, accediendo al interior de la iglesia de Santo Domingo, cuyos orígenes se remontan al siglo XII, destacando su portada, considerada una de las mejores del románico español. Permanecemos un momento en su interior escuchando cantar a las monjas. A un paso tenemos el Instituto Antonio Machado, cuya construcción comenzó en 1575. En un lateral vemos dos esculturas del poeta.

Soria cuenta con numerosos edificios históricos, pero en este apresurado recorrido nos acercamos a la plaza de San Esteban, a la que se asoma la antigua sede del Banco de España, de donde nos dirigimos a otra coqueta iglesia, la de San Juan de Rabanera. Junto a ella hay otras notables edificaciones, como las de la Diputación, el Palacio del Marqués de Alcántara y la Casona de los Salvadores. Concluimos nuestro recorrido en una terraza de la plaza Mayor, presidida por la Fuente de los Leones, a la que se asoman el Ayuntamiento y el Palacio de la Audiencia, además de tres esculturas dedicadas a Gerardo Diego, Leonor Izquierdo y el Fuero de Soria. De regreso al Parador nos detenemos ante la iglesia de Ntra Sra del Espino.

13 de agosto. Toca madrugar, ya que nos hemos apuntado al primer turno de desayuno (8 h), pues luego tenemos 55 km hasta el aparcamiento de la Laguna Negra de Urbión, ubicada en el Parque Natural del mismo nombre, un lugar en el que he estado en varias ocasiones. Tenemos que dejar el coche en un gran aparcamiento (4 €) para luego coger el primer autobús que nos acerque al aparcamiento superior (poco más de 1,5 km). El precio es de 1,20 € ida y vuelta, saliendo los autobuses cada media hora, de 10:00 a 14:30 y de 16:00 a 19:00 h. El lugar está lleno de encanto, pero hace bastante calor, pese a estar a unos 1800 metros de altitud.

Me sorprende ver el calzado que llevan algunas personas, cuando toca subir por una zona muy incómoda y pendiente, llena de rocas, hasta alcanzar la parte superior de la Laguna Negra. De hecho hemos empleado casi media hora en cubrir 400 metros. El caminar se vuelve más cómodo y la subida muy suave durante la siguiente hora de marcha, hasta alcanzar la Laguna Larga (2011 m). Teníamos que estar llegando a la cumbre pero, entre el calor, que mi pierna no da para muchos trotes y que veo la cima abarrotada de personas, decidimos dar la vuelta cuando nos quedaba 1 km para llegar a la Muela de Urbión (2228 m), en la que ya he estado en tres ocasiones anteriores.

14 de agosto. Aprovechando un poco el fresco matutino y dado que hasta las 12 del mediodía no hay que dejar la habitación, decidimos dar un corto paseo caminando a orillas del río Duero por la Senda de los Pescadores, recorrido que ya hicimos hace unos años siguiendo el GR 14 por un hermoso parque en el que podemos contemplar varias esculturas, como la dedicada al Duero o las que llevan como título “Poetas de Soria” o “Pájaro y yo”.

Cruzamos el Duero por un puente peatonal situado bajo la ermita de San Saturio, desde donde iniciamos el regreso, ya que no disponemos de tiempo para acceder al templo, así que las fotos que adjunto corresponden a una visita anterior. Parte de esta gran ermita está construida sobre varias cuevas en las que en el siglo VI vivió el patrón de Soria. La capilla es de planta octogonal y está profusamente decorada con frescos del pintor soriano Juan Zapata Ferrer. El altar barroco cobija un busto relicario de San Saturio con sus restos.

Teníamos prisa en la Senda de los Pescadores porque antes de abandonar el Parador quería ir a otro lugar que me encanta, el claustro de San Juan de Duero, que lo tenemos muy cerca, pues basta con cruzar el puente medieval sobre el río Duero. En este lugar se asentó la Orden de los Hospitalarios de San Juan de Duero, conservándose un monumental claustro del siglo XIII, que cuenta con interesantes arcos y capiteles. Junto a él se levanta un sencillo templo románico, en el que destacan sus elegantes templetes con capiteles historiados. Por cierto, los fines de semana la entrada es gratuita.

Como lo tenemos a mano camino de casa, a tan sólo 15 km nos detenemos en un lugar que hace muchísimos años que no visito. Se trata del yacimiento arqueológico de Soria, símbolo de la lucha de un pueblo por su libertad, a la que pondría fin el romano Escipión. Los restos de la antigua ciudad celtíbera del siglo IV aC se asientan sobre el cerro de la Muela, que domina el pueblo de Garray. Hoy podemos ver los restos de la muralla y la reconstrucción de sendas viviendas celtíbera y romana. La entrada cuesta 6 euros (4 los jubilados y parados).

Concluida la visita, nos instalamos por un momento en una terraza frente a la iglesia de San Juan Bautista de Garray, antes de emprender el regreso a Leioa, de donde nos separan 235 km, aunque paramos a comer en la Venta de Panzares.

Las Montañas Azules (Sydney, Australia)

Continúo el relato del viaje por Australia y Nueva Zelanda, realizado del 23 de septiembre al 24 de octubre de 2018, que dejaba la pasada semana en Sydney, ciudad que dejamos aparcada, de momento, para disfrutar de ella en los tres últimos días de viaje.

20 de octubre. Día 28 de viaje. Hoy nos ha venido bien estar alojados en un apartamento, pues toca madrugón y desayunar en él, ya que a las 7 de la mañana tenemos que estar en un punto de recogida cercano, pues nos hemos apuntado a una excursión a las Blue Mountains, las famosas Montañas Azules, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 2000. La excursión, de casi 12 horas de duración, la efectuamos en un minibús de 20 plazas, para luego recorrer la zona utilizando diferentes teleféricos, un ferrocarril panorámico y a pie. También asistimos a un espectáculo aborigen, visitamos la reserva natural Featherdale y regresamos a Sydney en un ferry por el río.

Abandonamos Sydney y nos dirigimos directamente al Scenic World, que cuenta con un tren panorámico, una ruta aérea, un teleférico y una pasarela por la selva tropical. Debutamos en el enorme teleférico llamado Scenic Skyway,  en el que prácticamente sobrevolamos los acantilados de los que caen algunas cascadas. Este viaje de 720 metros ofrece las mejores vistas de Katoomba Falls, Three Sisters, Mt Solitary y Jamison Valley, deslizándonos a 270 metros sobre los barrancos en una cabina con suelo de electro-vidrio, aunque también hay asientos y pisos sólidos. Inaugurado en 1958, el Scenic Skyway fue el primer teleférico de Australia. La cabina actual, de fabricación suiza, se inauguró en 2017 y puede transportar 84 pasajeros. Es el teleférico más grande del hemisferio sur.

Tras desembarcar, desde un mirador contemplamos las icónicas Three Sisters (Tres Hermanas). Enseguida embarcamos en el Scenic Cableway, un teleférico escénico de 545 metros de recorrido, que desciende suavemente hacia el valle de Jamison y regresa a la cima del acantilado. Desde la enorme cabina contemplamos hermosas formaciones rocosas. La actual cabina, de fabricación suiza, se inauguró en 2018, con capacidad para 84 pasajeros. Es el teleférico más empinado del hemisferio sur.

Desembarcamos del teleférico y accedemos directamente al Scenic Walkway, un sendero que recorre el bosque lluvioso de la selva tropical templada. Se trata de un paseo de un cuarto de hora de duración entre las estaciones del teleférico y del ferrocarril, en el que tenemos ocasión de contemplar una variada flora. También vemos elementos de la historia de la minería de carbón del sitio, incluida la entrada original de la mina, una réplica de la cabaña de los mineros y una escultura de bronce a escala de un minero y su pony.

Nos dirigimos ahora al último medio de transporte del Scenic World. Se trata del Scenic Railway, el ferrocarril de pasajeros más empinado del mundo, de quinta generación, que recorre una ruta inolvidable de 310 metros a través de un túnel por el acantilado antes de emerger al suelo del valle de Jamison. La pendiente es de 52°, aunque si quieres más emoción puedes elegir un asiento con mayor inclinación (64°), aunque también se puede optar por uno de tan sólo 20º. El ferrocarril original se construyó a finales del siglo XIX para dar servicio a la mina de carbón de Katoomba. Tras un rápido almuerzo, podemos contemplar de nuevo, ahora mejor, las rocas conocidas como Tres Hermanas.

Cambiamos de tema. La siguiente parada es el nuevo centro aborigen de Waradah (Waradah Aboriginal Centre), donde presenciamos un espectáculo aborigen mientras escuchamos el didyeridú, un instrumento de viento tradicional. El espectáculo incluye el Corroboree, canción y danza interpretada por bailarines aborígenes con pintura y vestuario tradicionales. También asistimos a la escenificación sobre la fundación de la Australia moderna, la fiebre del oro y su herencia ANZAC (Australian and New Zealand Army Corps), cuerpo especial creado en la Primera Guerra Mundial.

Volvemos al medio natural en el corazón de las Montañas Azules. Un sencillo y breve paseo nos lleva al Sublime Point, espectacular mirador sobre un acantilado que ofrece magníficas vistas panorámicas del Valle de Jamison, con sus escarpados riscos de arenisca de color rosa y teja, y una exuberante selva subtropical a sus pies. Al regreso, mientras esperamos la salida del minibús, me entretengo fotografiando hermosas flores, entre las que destaca la waratah rojo, arriba a la izquierda.

Y de mirador a mirador o, lo que es lo mismo, de Sublime Point a Lincoln’s Rock, así llamado desde 2013 en homenaje al montañero de este nombre que vivió durante dos décadas en la zona. Se hizo famoso por sus escaladas al Everest, siendo dado por muerto cuando descendía de su cima en 2006, pero encontrado con vida al día siguiente. Falleció en 2012 por un cáncer provocado por el amianto. Este mirador es mucho más salvaje, pues volvemos a contemplar el Valle de Jamison sobre unas losas al borde del acantilado.

Hemos tenido muchísima suerte. El regreso a Sydney lo tenemos en un ferry y, nada más embarcar en él, comienza a “diluviar”. ¡Menuda tormenta que tira! Por la ventanilla parece caer una cascada. Navegamos por el Parramatta, un importante río en la historia colonial de Australia. Nuestro destino final es Circular Quay, la terminal situada a un paso de la Ópera de Sydnaey. Antes de llegar navegamos frente al Luna Park, contemplamos el skyline de la ciudad y pasamos bajo el famoso puente del puerto. Lástima que el día no acompañe.

Hoy no regresamos caminando al apartamento, pues sigue lloviendo con fuerza. Tenemos suerte de conseguir un taxi en un hotel cercano. Todavía tenemos casi dos días y medio para seguir “pateando” por Sydney, pero de ello os hablaré más adelante. El viaje continúa.

SYDNEY (Australia): De Hyde Park a la Ópera y el puente

Continúo el relato del viaje por Australia y Nueva Zelanda, realizado del 23 de septiembre al 24 de octubre de 2018, que dejaba aparcado el pasado 15 de diciembre en el aeropuerto de Queenstown, en la isla Sur de Nueva Zelanda, a punto de coger el Airbus A320 de la compañía Jetstar para regresar a Australia. Por delante teníamos 3 horas de vuelo hasta Sydney, final del viaje.

19 de octubre. Día 27 de viaje. A las 13:35 h nuestro avión toma tierra en el aeropuerto de Sydney, de donde nos trasladamos al centro. Los precios de los hoteles son muy caros, por lo que hemos cogido un apartamento en el Best Western Plus Hotel Stellar ****, situado en pleno centro, a sólo 100 metros de Hyde Park. El apartamento es enorme (103 m²), con dos dormitorios, otros tantos baños y una cocina con salón, en la que no pensamos cocinar. Eso si, tampoco es barato, pues hemos pagado 1.201 € por las cuatro noches para las dos parejas. Aunque vamos a estar cuatro días en Sydney, tenemos muchísimas ganas de ver la Ópera y el puente así que, una vez instalados, iniciamos un recorrido de 7 km a pie, atravesando Hyde Park, un parque urbano de 16,2 hectáreas, el más antiguo de Australia. Cuanta con mucho arbolado, fuentes y estatuas, como la del capitán Cook, que mira a la Sydney Tower. Como las previsiones dan un tiempo variable para los próximos días, queremos aprovechar la tarde espectacular que tenemos.

A orillas de Hyde Park tenemos un notable edificio, la Catedral de Santa María, construida en 1868 en estilo gótico, con piedra caliza. Ubicada en la Collage st, es la mayor iglesia católica de Australia y la sede del arzobispado de Sydney. Junto a una de sus puertas de acceso vemos el grupo escultórico dedicado a  Saint Mary of he Cross (Santa María de la Cruz). Enseguida nos alejamos del parque, cogiendo la Prince Albert road.

Pronto pasamos ante otro monumental edificio, la Art Gallery of New South Wales (Galería de Arte de Nueva Gales del Sur), la galería de arte más antigua de Sydney, que cuenta con una importante colección de arte australiano de los siglos XVIII, XIX y XX, además de colecciones de arte asiático, europeo, internacional y aborigen. Seguimos caminando por otra amplia masa forestal, que es una especie de prolongación de Hyde Park. Se trata The Domain – Phillip Precinct.

Poco a poco nos vamos acercando a la línea de costa, pasando junto a una gran piscina, desde la que vemos un barco de la armada australiana. Estamos en la ciudad más grande y poblada de Australia, con una población en su área metropolitana próxima a los 5 millones de habitantes. Es la capital del estado de Nueva Gales del Sur y fue el asentamiento de la primera colonia británica en el país. Pasamos ahora por los Royal Botanic Gardens, a los que volveremos otro día, aunque me detengo a fotografiar la escultura “Yegua y potro”.

Al fin tenemos ante nosotros el edificio que tantas ganas teníamos de ver, la Sydney Opera House, una de las obras arquitectónicas más importantes del siglo XX, desde que fue inaugurada en 1973. Los bares que hay junto a ella se encuentran a rebosar, así que nos cuesta conseguir una mesa para tomar un vino. Desde el año 2007 forma parte de la selecta lista del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Nos dedicamos a contemplarlo desde diferentes ángulos, siendo la imagen que más me gusta la que tiene el puente detrás. No es la primera vez que me sucede, pero he visto la imagen de la Ópera tantas veces, que me parece que ya he estado allí. Entre nosotros, como edificio me parece más espectacular el Museo Guggenheim de Bilbao.

Desde los Royal Botanic Gardens hemos contemplado el skyline de la ciudad y nuestro siguiente objetivo, el Sydney Harbour Bridge, al que no nos hemos acercado, pues volveremos otro día. Me ha encantado este puente que cruza de lado a lado la bahía de Sydney. Se abrió al público el 19 de marzo de 1932 y tiene una longitud de 1.149 metros, con una altura de 49 metros sobre la lámina de agua, aunque el arco se eleva 134 metros. El puente cuenta con ocho carriles de automóviles, dos líneas de ferrocarril, un bidegorri y una acera. En sus proximidades amarran los cruceros y los barcos que realizan excursiones por la bahía.

La tarde va avanzando, así que iniciamos el regreso a la zona en la que tenemos el apartamento, para buscar un restaurante en el que cenar. De nuevo pasamos por los Royal Botanic Gardens y bordeamos la Government House, la Casa de Gobierno de Nueva Gales del Sur. Pronto nos encontramos con un hermoso edificio iluminado por el sol del atardecer, el Sydney Conservatorium of Music. Seguimos en una zona arbolada y con esculturas, como la de King Edward VII (1901-1910). Como sucediera en otras ciudades, los ibis se imitan aquí un poco a las palomas.

Seguimos caminando, ahora por la Macquarie st, pasando junto a la State Library of New South Wales (Biblioteca Estatal de Nueva Gales del Sur), edificio diseñado por Walter Liberty Vernon e inaugurado en 1910, con varias ampliaciones posteriores. Frente a él hay dos esculturas, la de Matthew Flinders y Flinders Cat, además de otra modernista. Enseguida vemos enfrente la iglesia St Stephens y la escultura “Il Porcellino”, fuente de bronce del jabalí. Antes de concluir nuestro recorrido de unos 7 km, pasamos junto a otro edificio histórico, el Parliament House.

Hoy hemos estado en dos países, Nueva Zelanda y Australia y hemos disfrutado con buen tiempo de dos notables construcciones, la Sydney Opera House y el Sydney Harbour Bridge. Todavía nos quedan dos días completos y una mañana para “empaparnos” de Sydney, pero mañana vamos a realizar una excursión que parece muy interesante a las Blue Mountains. El viaje continúa.

PUEBLA DE SANABRIA (Zamora) y su entorno

Dejaba la pasada semana el relato de nuestra última escapada, cuando en torno al mediodía del 21 de julio abandonábamos el Parador de Gredos con rumbo al de Puebla de Sanabria. En Tordesillas decidimos parar a comer, haciéndolo en la terraza del restaurante Doña Carmen, situado junto al puente sobre el río Duero, con una excelente vista sobre el centro histórico de la población, teniendo en primer plano las Casas del Tratado y la iglesia de San Antolín. Continuamos por la A6, que dejábamos en la salida 209 para detenernos en Tiedra, localidad en la que hay unos cuantos campos de lavanda que, en la segunda quincena de julio, se encontraban en plena floración. Tras haberlos visto en la Provenza, tenía pendiente ir a Brihuega (Guadalajara), pero la casualidad hizo que en este viaje pasara a tan sólo 3 km de los campos de esta localidad vallisoletana, que merece la pena visitar. Además cuenta con un centro de interpretación de esta planta, que a la hora en la que pasamos estaba cerrado.

Para las cuatro últimas noches de esta escapada hemos optado por alojarnos en el Parador de Puebla de Sanabria ****, un moderno edificio con tan sólo 42 habitaciones, ubicado a 1 km del centro histórico de esa población. Cuenta con una pequeña piscina y un restaurante con un buen chef, pero como en la mayoría de los Paradores, dispone de poco personal, así que los trabajadores tienen que esforzarse mucho para hacernos la estancia agradable. La verdad es que nos sentimos como en casa por el trato recibido.

Desde el Parador tenemos una magnífica vista del centro histórico de esta villa, declarada bien de interés cultural, además de formar parte de los pueblos más bonitos de España. En la panorámica que tenemos ante nosotros destacan el castillo de los Condes de Benavente, de mediados del siglo XV, y la torre de la iglesia de Santa María del Azogue, románica del siglo XII, aunque con numerosas transformaciones posteriores. A su lado se encuentra la coqueta ermita de San Cayetano, capilla barroca del siglo XVIII, En el otro lado, cerrando la Plaza Mayor, está el monumental Ayuntamiento. Un paseo por la calle Costanilla nos permite contemplar otros notables edificios. Si os va la fruta, al comenzar la calle, en la frutería El Extremeño encontraréis género de calidad. Casi al lado, el Supermercado Vaquero es una buena opción para comprar productos de la tierra. A orillas del río Tera hay una buena zona de baños.

El 22 de julio concluía la ola de calor, así que optamos por ir a un lugar en el que hemos estado varias veces, la laguna de los Peces, de origen glaciar, pues se encuentra a 1707 metros de altitud. De aquí parte un recorrido muy bien señalizado mediante hitos y postes azules, que discurre por el Parque Natural del Lago Sanabria, hasta un refugio y dos viejos chozos para guardar el ganado, situado sobre otra hermosa laguna, la de Muria o de Yeguas, junto a la que hay una fuente. El recorrido tiene poco más de 6 km de ida y vuelta y un desnivel de 124 metros.

En el viaje de regreso nos detenemos a tomar algo en el pequeño pueblo de San Martín de Castañeda, aprovechando para visitar el monasterio del que el pueblo toma su nombre. Desde un par de miradores contemplamos nuestro siguiente destino, el lago de Sanabria, deteniéndonos enseguida a comer el bocadillo en el área recreativa de Vigo. Pese a que ahora cobran el aparcamiento a orillas de lago y que es jueves, no conseguimos aparcar, así que saco un par de fotos y nos dirigimos a tomar el café a Ribadelago, fotografiando también el monumento dedicado a las víctimas de la catástrofe sucedida el 9 de enero de 1959, en la que la rotura de la presa causó 144 muertos.

El 23 de julio nos propusimos recorrer el entorno de la sierra de la Culebra, buscando algún sendero para realizar una marcha sencilla. Sólo encontramos dos, optando por el PR-ZA 02, que parte de Riofrío de Aliste, a 60 km de Puebla de Sanabria. Fue un error pues la señalización era muy antigua y deficiente. Conociendo los criterios de la Bizkaiko Mendizale Federazioa, aquí no estaría homologado. Además el retorno circular consistía en 3 km de carretera, así que optamos por hacer ida y vuelta, unos 11 km, por el mismo camino, llegando hasta el restaurado molino Picón, tras seguir el curso del río Becerril junto a un robledal y cruzar bajo el ferrocarril por un túnel habilitado para el río. Lo mejor, las dos sombreadas mesas que había junto a una fuente en el punto de partida, donde aparcamos el coche, frente a un molino restaurado. En una de ellas comimos el bocadillo al concluir la ruta.

La siguiente cita la tuvimos en el corazón de la sierra de la Culebra y en el pueblo probablemente más representativo de ella, Villardeciervos, declarado conjunto histórico-artístico por constituir un bello ejemplo de la arquitectura rural de la comarca de La Carballeda. Aparcamos el coche junto a la estatua de un ciervo que preside la llegada a esta localidad, aprovechando para tomar el café en la terraza del Remesal, situada al lado. Bajo un sol de justicia fuimos contemplando sus ricas construcciones de piedra de sillería con cerramientos de madera, llegando hasta su edificio más notable, la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.

Dedicamos toda la jornada a cortejar a la sierra de la Culebra y sus rocosas cumbres. Por la mañana, la casualidad hizo que paráramos a comprar pan en Ferreras de Arriba, pudiendo así contemplar su elegante Ayuntamiento y las esculturas de dos personajes de la mascarada de invierno, que se celebra el 26 de diciembre. También fue una casualidad que para regresar a Puebla de Sanabria,  el GPS nos hiciera entrar en Portugal, pasando por dos pequeñas aldeas, con sus estrechas calles empedradas, que parecían sacadas de otra época. Se trata de Guadramil y Río de Onor, Rihonor de Castilla en el lado español. Estas dos localidades forman un pueblo mixto único en la península ibérica, una unidad poblacional con distinta hora e idioma oficial.

Por si en el entorno de Puebla de Sanabria había mucha gente, para el sábado 24 de julio preparamos una ruta circular de unos 8 km por uno de los mayores parques naturales de Portugal, el de Montesinho, al que se accede de la pequeña aldea del mismo nombre situada a tan sólo 27 km del Parador. La subida la realizamos por un aburrido camino que al final sale a una ancha pista que lleva al Barragem de Serra Serrada, embalse que nutre de agua a Bragança. Buena parte de la ruta es sombreada pues discurre por un robledal, realizándola completamente solos, aunque rodeados de molestas moscas y algunas mariposas.

Aunque no tiene nada de sombra, el descenso es mucho más hermoso y entretenido. Desde el embalse, situado a 1290 metros de altitud, se realiza en su totalidad por un sendero, que a veces se pierde pues hay que caminar sobre las losas de granito. El paisaje resulta muy atractivo por las formaciones rocosas y por la vista del Barragem de Montesinho, que tenemos a nuestros pies. Hay algunos vistosos pasos entre piedras y cruzamos sendos arroyos por unas losas a modo de puente. La señalización es buena, con numerosas marcas de pintura, que a veces hay que buscar cuando se pierde el sendero, y abundantes hitos.

Los horarios portugueses no son como los nuestros, así que cuando regresamos a la aldea de Montesinho, el único bar, en el que tomamos café a la llegada y al que quedamos en volver para tomar un vino con queso de cabra, estaba cerrado, así que nos desplazamos hasta Bragança. Aunque teníamos preparado el bocadillo y localizado el lugar en el que comerlo, optamos por realizar un picoteo en el restaurante O Acácio. Su propietario me enseñó su enorme local y la amplia terraza completamente vacíos. Éramos los dos únicos comensales, pues a Portugal le está afectando mucho económicamente el COVID. Estuvimos muy a gusto, máxime cuando el propietario se desplazó a una pastelería para que tuviéramos de postre el rico pastel de Belem. De allí regresamos al Parador, desde donde tuvimos por última vez la vista, ahora nocturna, de Puebla de Sanabria.

Para el domingo, 25 de julio dejamos los 473 km que nos separaban de Leioa, todos por autovía y autopista, dando por concluida la tercera escapada del año.

Por la Sierra de Gredos (Ávila)

Pese a haber recibido la segunda dosis de la vacuna el 29 de mayo, sigue sin apetecerme viajar por el extranjero, ni tomar aviones. En el coche podemos viajar sin mascarilla y detenernos donde nos apetezca, evitando aglomeraciones. Es por ello que del 18 al 25 de julio hemos vuelto a realizar una escapada peninsular centrada en la comunidad de Castilla y León y más en concreto en la abulense Sierra de Gredos y en el entorno de Puebla de Sanabria (Zamora), con una breve incursión a la zona de Bragança, en Portugal. De nuevo, debido a la situación de la pandemia, optamos por alojarnos en los Paradores de las zonas citadas, tres noches en el de Gredos y cuatro en el de Puebla de Sanabria. La cabra montés ibérica, la floración de los campos de lavanda y los lagos y lagunas, han sido los principales objetivos de esta escapada.

Distante 486 km de Leioa y ubicado en Navarredonda de Gredos (Ávila), el Parador de Gredos **** fue nuestro alojamiento durante las tres primeras noches de esta escapada. Dado que en julio ya suele hacer calor, otro de los motivos de optar por este alojamiento fue por su situación a 1590 metros de altitud y por la vista panorámica que desde él se tiene del circo de Gredos. Aquí pude degustar unas ricas migas castellanas. Inaugurado en 1928, es el Parador más antiguo de la red. En su 50 aniversario reunió a los “padres de la Constitución”, para que pudieran redactar el texto en este remanso de paz.

Por la tarde pensábamos haber hecho alguna pequeña marcha, pero como hacía unos 30 grados, tras instalarnos en la habitación, decidimos desplazarnos a tomar el café a Arenas de San Pedro, la capital comarcal, distante 39 km. Grave error, pues descendimos más de mil metros de altitud por lo que la temperatura alcanzó los 36 grados. Domingo por la tarde y calor son dos buenos argumentos para que los bares estén cerrados, aunque en uno de ellos nos pusieron sendos cortados con hielo. Antes de llegar al centro nos acercamos al Santuario de San Pedro de Alcántara, situado a unos 3 km. En el casco urbano, buscando las sombras, contemplamos los dos principales edificios, el castillo del Condestable Dávalos (siglos XIV-XV) y la iglesia de Ntra Sra de la Asunción.

De regreso al Parador nos detuvimos en Mombeltrán para fotografiar el precioso castillo de los duques de Alburquerque, de finales del siglo XV, que domina el valle. Nuestro principal objetivo se encontraba en lo alto del puerto del Pico (1352 m), donde por un momento pudimos caminar por una calzada romana magníficamente conservada. Poco más adelante, cerca del puerto de Menga, en un par de ocasiones nos detuvimos frente al risco de la Cueva del Maragato, para observar la actividad de los buitres. Cigüeñas vimos en varios lugares, pero me quedo con la pareja instalada en el campanario de la iglesia de San Benito, en el cercano pueblo de Barajas.

El 19 de julio lo tenía marcado en rojo en el plan de esta escapada, pues el objetivo consistía en acercarnos al circo de Gredos, al que hacía muchos años que no acudía. El punto de partida lo teníamos a 18 km del Parador, en el lugar conocido como la Plataforma, un gran parking con capacidad para unos 250 vehículos, al que se accede desde Hoyos del Espino previo pago de 3 € por vehículo. Pese a su tamaño, sábado y domingo tuvo que cerrarse al estar completo. Aquí comienza un amplio camino empedrado, tardándose unas dos horas y media en llegar a la Laguna Grande, a cuya orilla se encuentra el refugio Elola, a 1950 metros de altitud, siendo la caballería la encargada de realizar su abastecimiento.

He estado en dos ocasiones anteriores en la zona, ascendiendo la primera vez al techo de esta sierra, el pico Almanzor, de 2591 metros, así que sentí una gran satisfacción al llegar al collado de Los Barrerones. (2170 m), apareciendo ante mí las grandes moles del Almanzor, el Ameal de Pablo y La Galana, cimas destacadas del precioso circo de Gredos. Y un poco más adelante, en uno de los miradores, la Laguna Grande y el refugio Elola a mis pies. El camino por el PR-AV 17 es muy evidente y está bien señalizado

En Gredos habita un buen grupo de cabra montés, que en mis anteriores escapadas tan sólo las puede ver en las rocas graníticas del Almanzor o pastando a última hora de la tarde junto a la Laguna Grande. Ahora puedes ver ejemplares a lo largo de todo el recorrido, incluso en la propia Plataforma de acceso. Antes eran muy huidizas pero ahora, en el mirador que hay una vez pasado el collado de Los Barrerones, una cabra se nos acercó en busca de comida, que se la puedes dar en la propia mano. Eso sí, sólo vimos hembras, muchas de ellas con una cría, pero ni rastro de los machos y su gran cornamenta.

El día 20 de julio teníamos previsto subir a la laguna Cañada del Gallo, pero la casualidad hizo que cambiáramos de planes. En el viaje de ida, 38 km antes de llegar al Parador paramos a comer y echar gasolina en Solosancho, donde vimos un cartel que indicaba que a 4 km se encontraba la zona arqueológica de Ulaca, de la que nunca habíamos oído hablar y que pudo ser la mayor ciudad celta de Europa. Cuenta con 3 km de murallas, pudiendo albergar a 1.500 personas. Este Castro Vettón cuenta con curiosas rocas de granito, conservando varias construcciones, entre las que destacan el hermoso altar de los sacrificios y la sauna. El recinto cuenta con 14 paneles explicativos, pero una no muy buena señalización. Para recorrerlo hay que llevar buen calzado para caminar durante unas 3 horas con buenas cuestas. Muy cerca, en el pueblo de La Hija de Dios, vimos una “Tenada”, construcción tradicional del Valle de Amblés, utilizada para guardar los carros y algunos animales.

Como seguía el intenso calor, renunciamos a caminar a partir del mediodía, así que a media tarde nos desplazamos hasta El Barco de Ávila, distante 43 km del Parador de Gredos y situada a orillas del río Tormes, cruzado por el monumental Puente Viejo. Cuenta con un notable casco antiguo, que se puede recorrer a lo largo de algo más de 3 km en una ruta autoguiada. Llamó mi atención la Casa del Reloj, antigua Casa Consistorial, aunque entre sus edificios me quedo con iglesia de la Asunción de Nuestra Señora (siglos XIV-XVI), en cuyo interior destacan el retablo mayor y el órgano. Notables son también el Castillo de Valdecorneja y la Puerta del Ahorcado, resto de la antigua muralla.

Como hasta el mediodía no tenemos que dejar la habitación, tras desayunar, el 21 de julio decidimos recorrer los 3 km escasos del sendero PR-AV 19, “Senda del pinar de Navarredonda”, cuyo inicio se encuentra al lado del Parador de Gredos y recorre este amplio pinar albar, especie que puede alcanzar los 30 metros de altura. La primera parte se realiza en descenso hasta llegar a la llamada Peña Histórica, que cuenta con una cruz sobre un bloque de granito y, un poco más adelante, un pequeño refugio y la fuente de la Ladera, desde donde toca caminar cuesta arriba hasta concluir la marcha bajo la ermita situada junto al Parador. Resulta muy agradable caminar por esta sencilla y sombreada ruta.

Rodeados por las fuerzas vivas del PP y periodistas que esperan la llegada de Casado, recogemos el equipaje e iniciamos el cambio de escenario. Por delante tenemos 343 km para llegar a Puebla de Sanabria, pasando por Tordesillas. La escapada continúa, pero de ello espero hablar la próxima semana.

Tres rutas por “muiños” de Pontevedra

Muiños es la denominación gallega de molinos que, junto a los hórreos, forman parte del paisaje agrícola de Galicia. De hecho, en 1797 Galicia ya contaba con más de 8.000 molinos de grano, cuyo origen se remonta al Neolítico, cuando eran unas sencillas piedras, que se chocaban una con la otra, siendo los romanos quienes los elevaron de categoría.

En mi último viaje por Galicia, en julio de 2020, tuvimos ocasión de realizar tres rutas a pie, las tres en la provincia de Pontevedra, recorriendo diferentes molinos. Dos de ellas las realizamos en torno a Cambados. La tercera, mucho más al sur, alojándonos en Baiona. Ninguna de las tres las teníamos previstas, así que las improvisamos sobre la marcha una vez en Galicia.

Mi mujer encontró en Internet una buena propuesta para realizar en un día caluroso y el 18 de julio lo era. Se trata del PR-G 170 o “Ruta da Pedra e da Auga” (Ruta de la Piedra y del Agua), que parte de la rotonda VG-4.2, en el concello de Ribadumia y concluye, tras casi 7 km de marcha, en el monasterio de Santa María da Armenteira. En un kiosko situado junto al aparcamiento de la salida, nos facilitaron un mapa con el itinerario, muy bien marcado, una antigua vereda que daba servicio a los molinos, también utilizada por los romeros el lunes de Pascua.

Enseguida pasamos al concello de Meis, donde se encuentra un grupo de la treintena de “muiños” que contemplaremos en la ruta. Caminamos por una pista que luego se convierte en sendero, discurriendo paralela al río Armenteira. En el primer tramo hay un área recreativa y la Aldea Labrega, que reproduce la vida cotidiana de un pueblo de la Galicia de principios del siglo XX. Si realizas la ruta con niños, puede ser un buen lugar para pasar un agradable rato recorriendo las diferentes reproducciones.

El camino resulta muy sombreado y en su tramo final la pendiente aumenta considerablemente, por lo que el río Armenteira forma varios rápidos y pequeñas cascadas. Esta ruta es muy conocida, pues es utilizada habitualmente por el expresidente Mariano Rajoy cuando pasa sus vacaciones en la zona. Estamos en el tramo más interesante por su abundante vegetación, el sonido del agua y la presencia de los últimos molinos. Por el contrario, el tramo final es completamente llano.

Esta ruta tiene una buena cosa, sobre todo en días de calor como el que ha salido. Frente al monasterio, se encuentra el bar O Comercio, donde repusimos fuerzas. Una copa del Albariño frío y una ración de pulpo reconfortan a cualquiera. Además no tengo que conducir, pues para el regreso a Cambados optamos por llamar al taxista que nos llevó al punto de salida. Por si os sirve os dejo el contacto: Santiago Pérez (tel 686 486 145). Fue muy legal y atento, además de proponernos una ruta para el día siguiente. Antes de salir visitamos el claustro del Monasterio de Armenteira, renacentista y barroco, de los siglos XVI y XVII.

Al día siguiente volvió a salir otro día caluroso así que, siguiendo la recomendación de nuestro amigo taxista, nos desplazamos 23 km hasta el Parque Natural del río Barosa, accesible desde la N550 entre Pontevedra y Caldas de Rei. Aunque en los paneles proponen un itinerario circular subiendo por los molinos que hay junto a la cascada, esto no es posible. El punto de partida se encuentra junto a las cascadas (fervenzas de Barosa), de 30 metros de caída, muy concurridas como piscinas naturales por la gente que acude a pasar el domingo y realizar una comida campestre. Junto a ellas tenemos el molino más interesante de todos.

Este sencillo itinerario de 3,5 km tenía que tener forma de ocho, pero no es posible realizar el primer círculo, así que el primer tramo será de ida y vuelta, subiendo una pronunciada pendiente entre los Muiños de Abaixo y el puente San Breixo, pasando junto a varios molinos. Aquí comienza el segundo tramo, este si circular y bastante llano, hasta el puente de Bua, bordeando el río, que proporciona hermosos reflejos. Al completar el círculo nos detenemos a tomar un Albariño en el Muiño de Valerio, que también da comidas, mientras contemplamos a los patos. Al regresar al punto de partida comentamos lo que tiene que ganar esta ruta en primavera, con la cascada del río Barosa con mucha agua (he visto fotos).

En las cascadas de Barosa coincidimos con una persona de El Rosal, quien nos recomendó ir a su municipio para realizar la Ruta dos Muiños do Folón e do Picón (PR-G 94), distante 32 km de Baiona, así que allí nos fuimos el 22 de julio. La ruta tiene 3,5 km de recorrido circular, pasando por los dos grupos de molinos documentados desde el siglo XVIII y declarados Bienes de Interés Cultural por la Xunta de Galicia. Os recomiendo iniciar la ruta desde el centro de información, que estaba cerrado, siguiendo el curso del río Folón.

Menos mal que el recorrido es corto, pues hoy toca sudar ya que hace mucho calor y casi no hay sombras. Siguiendo el curso del río Folón, tras el primer repecho alcanzamos el primer grupo de 8 molinos superpuestos a los que hay que ir subiendo por unas losas en forma de escalera con mucha pendiente. Cuando crees que has terminado, aparece otro grupo de 14 molinos, así que hay que seguir subiendo. Concluimos aquí el recorrido por los Muiños do Folón.

Enseguida llegamos al alto de Chan de Cereixeira, realizamos una travesía en horizontal y descendemos más suavemente siguiendo la indicación del panel que marca la ruta hacia los Muiños de Picón, a los que enseguida llegamos caminando junto a unos pequeños canales de agua. Los 14 molinos de Picón están dispuestos en zig-zag, distribuidos por la ladera de la montaña junto a pequeñas cascadas. Pese a la sudada debida al esfuerzo y la ausencia de sombras, nos ha gustado mucho esta ruta, pues nunca había visto algo similar. Eso sí, es mejor realizarla en primavera, pues los molinos están rodeados de pequeñas cascadas. Aquí no tenemos ningún bar a la llegada, pero hay una fuente de agua.

Como estamos a poco más de 10 km, nos dirigimos al Castro de Santa Trega, situado sobre la población de A Guarda, un lugar que me encanta y que procuro visitar siempre que paso por esta zona. Desde lo alto del monte Santa Trega, donde hay un par de bares y una ermita, disfrutamos de una magnífica vista de la desembocadura del río Miño, fronterizo con Portugal, pero eso es otra historia.

OPORTO, Patrimonio de la Humanidad

Me gusta Portugal. De hecho es el único país en el que he estado en dos ocasiones, aunque sea brevemente, con la pandemia. También tuvimos que salir de Portugal al declararse el estado de alarma el año pasado, adelantando el regreso a casa para confinarnos. De hecho, el 12 de marzo de 2020 estuvimos “pateando” por Oporto (Porto en portugués), una ciudad que me encanta y cuyo centro histórico fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1996. El área designada está encerrada dentro de las murallas fernandinas del siglo XIV y repleto de iglesias, monasterios, edificios públicos y la catedral. Todos los edificios fueron construidos según un plan de ciudad medieval, utilizando estilos totalmente diferentes. 691 km separan Leioa de Oporto, que se realizan en su totalidad por autovías, de pago en Portugal. Durante el verano es posible ir desde Bilbao en avión los sábados con Vueling,

Muy cerca de la Câmara Municipal do Porto, que cuenta con una torre de 70 metros de altura, hay una oficina de turismo y un aparcamiento subterráneo, en el que dejamos el coche y, con el mapa que nos entregaron, comenzamos este recorrido urbano, fotografiando en primer lugar el cartel de Porto y el monumento al poeta Almeida Garrett. Caminado por el paseo de la avenida dos Aliados hasta la Praça da Liberdade, nos detenemos ante otros tres monumentos, “Abundancia. Os Meninos”, “Fonte da Juventude. Menina Nua” y el dedicado a Pedro IV de Portugal. El Hotel Intercontinental cierra esta amplia plaza.

La siguiente cita la tenemos en el complejo arquitectónico que forman la iglesia y la Torre de los Clérigos, que supera los 75 metros de altura. Son obra de Nicolau Nasoni y constituyen uno de los máximos exponentes del arte barroco en la ciudad. Su construcción se realizó entre 1754 y 1763. Muy cerca tenemos la Librería Lello, considerada una de las más hermosas del mundo, que en 2018 recibió un millón de visitantes. Como hay mucha cola y es difícil mantener la distancia, pasamos de largo y nos acercamos hasta la Fonte dos Leoes, una de las más representativas de la ciudad, que cuenta con cuatro leones alados. Desde ella contemplamos la Iglesia do Carmo (1756-1762), en la que llama la atención su lateral forrado con un gran mural de azulejos, elaborado en 1912, en el que se representa la “Imposición del escapulario en el Monte Carmelo”.

Regresamos por la misma ruta a la Praça da Liberdade, pasando por una tienda “Força Portugal”, dedicada al fútbol portugués y junto a casas con vistosas fachadas. En un lateral de la plaza vemos a un mimo y el grupo escultórico “Ardina”, instalada en 1990 como homenaje a los repartidores de periódicos, llamados ardinas en Portugal. En el periódico que sujeta en su mano derecha se puede leer: “Ao Ardina memória do esforço que faz correr as noticias”. Casi al lado tenemos la colorista iglesia de Santo Antonio dos Congregados.

Unos pasos más adelante tenemos otro emblema de la ciudad, la Estação Ferroviária de Porto-São Bento, situada en la Praça de Almeida Garrett. Esta estación de tren es mundialmente conocida por su decoración con paneles de azulejos. Inaugurada en 1916, veinte años después de la llegada del primer tren, fue construida por José Marques da Silva. Su atrio está revestido con 20.000 azulejos con escenas históricas del norte del país, obra del pintor Jorge Colaço, e instalados entre 1905 y 1906.

La siguiente cita la tenemos en el principal monumento de la ciudad, la Catedral, en portugués Sé do Porto. Su construcción comenzó en la primera mitad del siglo XII y se prolongó hasta comienzos del XIII. De su época románica datan la fachada y el rosetón. En siglos posteriores se realizan modificaciones especialmente góticas, como la capilla funeraria de João Gordo (de 1333) y el claustro (siglos XIV-XV). El exterior de la catedral fue muy modificado en la época barroca. Así, en 1772 se construyó una nueva portada en sustitución de la románica original. Las cúpulas de las torres también son barrocas. Visitamos también el museo que guarda el “tesoro” de la Catedral.

Al salir de la Catedral nos encontramos con una gran explanada, el Terreiro da Sé, presidido por el Pelourinho do Porto, picota construida en 1945 en estilo rococó. Tras ella se encuentra la Oficina de Turismo, que ocupa la medieval Torre de Don Pedro Pitoes. A nuestra izquierda tenemos el Palacio Episcopal, cuya construcción se inició en 1737 bajo la dirección de Miguel Francisco da Silva. Finalmente a nuestra derecha contemplamos la estatua de Vimara Peres, caudillo asturiano del siglo IX, realizada por Salvador Barata Feyo en 1968.

Se ha echado la hora de comer, así que bajamos al Cais da Ribera, el lugar que más me gusta de Oporto, por sus casas tradicionales y por estar a orillas del río Duero, con el puente Luis I al lado y, al otro lado del río, Vila Nova de Gaia. En esta población, desde la que se tienen unas preciosas vistas del centro histórico de Oporto, estuve en un viaje anterior. Es la zona en la que se encuentran las bodegas del vino de Porto, así que visitamos una de ellas, Sandeman, la del hombre con la capa negra. El Cais de Ribera está lleno de terrazas y restaurantes, así que esperamos a que se pase la avalancha de gente, principalmente españoles y nos sentamos a comer en una de ellas. En Portugal se come pronto. Estamos manteniendo a rajatabla las medidas de seguridad, sentándonos siempre con una mesa libre por cada lado y, luego, lavado de manos.

Estando en el Cais da Ribera no podemos dejar de acercarnos al emblema de la ciudad, el puente Luis I, que une Oporto con Vila Nova de Gaia. Inaugurado en 1886, destaca por su gran arco de hierro y sus dos pisos. Por el superior, de 390 metros de longitud, pasa la línea D del Metro. Por el inferior, de 174 metros, pasan los vehículos. En ambas plantas hay pasarelas para los peatones. Junto al puente tomo una foto a un rabelo, barco tradicional utilizado para llevar las barricas de vino de Oporto desde los viñedos hasta las bodegas de  Vila Nova de Gaia. Ahora son utilizados para realizar cruceros turísticos por el río Duero.

Nos toca ahora regresar hasta donde tenemos aparcado el coche, cerca del Ayuntamiento, para lo que tenemos que caminar cuesta arriba, deteniéndonos consecutivamente ante tres iglesias de las muchas que hay en la ciudad. Consecutivamente pasamos junto a la capilla de Nuestra Señora de Ó, la iglesia del convento de San Francisco, que cuenta con un pórtico barroco edificado entre los siglos XVII-XVIII y, finalmente, San Nicolás, situada junto al Palacio de la Bolsa y la plaza Infante Don Henrique. Muy cerca tenemos el antiguo Mercado Ferreira Borges (1885), actualmente utilizado como espacio cultural.

Antes de regresar a nuestro hotel situado en la localidad de Arauca, para concluir esta jornada en la preciosa ciudad de Oporto, nos dirigimos a la desembocadura del río Duero. Aparcamos el coche entre el Fuerte de San Juan Bautista (siglo XVI) y la Praia da Carneiro. Por la arena corretean las gaviotas, pero para nosotros el espectáculo está en el agua, viendo cómo rompen las olas con fuerza sobre el Faro de Felgueiras, de 10 metros de altura y construido en 1886.

Antes de emprender el regreso nos tomamos un café junto al Jardín Passeio Alegre, donde concluye la línea 1 del tranvía. Me ha gustado Oporto, pues sigue manteniendo el sabor tradicional que tenía la última vez que estuve en esta ciudad en 1997, cuando Portugalia enlazaba el aeropuerto de Bilbao con el de la ciudad portuguesa.

XIVA (Uzbekistán), una joya escondida en la Ruta de la Seda

Junio es un mes que me gusta mucho para viajar, porque los días son muy largos y la temperatura suele ser bastante agradable, así que, salvo en 2020, los últimos años mi cumpleaños lo he celebrado en destinos lejanos. Este año lo he pasado en Cuenca pero hace cuatro lo pasé en Uzbekistán y, más en concreto, en la población de Xiva, Jiva o Khiva, según se tome la nomenclatura uzbeka, castellana o rusa. Como el Talgo de alta velocidad sólo llega a Samarcanda y Bujara, nos desplazamos a esa remota ciudad en avión desde Taskhkent. Este es el breve relato del día y medio pasado allí.

Hoy ha tocado madrugón, pues a las 07:50 sale el vuelo a Urgench (unas 2 h). Además las extremadas medidas de seguridad antiterroristas obligan a estar con tiempo en el aeropuerto. A la llegada, un taxi gestionado por el hotel nos recoge en el aeropuerto y nos traslada a nuestro siguiente destino, Xiva, distante 39 km. Nos alojamos en el Hotel Asia Khiva ****, muy bien situado frente a la puerta Tash Darvaza, que nos da acceso a la ciudad interior amurallada. No es barato, 120 € la noche con desayuno, pero está muy buen situado. Este año estaba mucho más barato.

Para las 11:30 h ya estamos en danza. La puerta Tash Darvaza nos da acceso a Ichan Qala, la ciudad interior amurallada, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1990. Estamos en un lugar lleno de encanto, que podemos recorrer a pie y parece sacado de tiempos pasados. Atravesamos la zona en la que vive la población local, viendo a niños jugando a la sombra, mientras jóvenes y adultos se desplazan en bicicleta. Enseguida se echa la hora de comer y lo hacemos en el Café Kheivak. Como casi siempre un plato de carne y, como acompañamiento, el riquísimo tomate y el pepino no pueden faltar. De hecho, en este país hemos bajado la guardia y comemos ensalada, pues con el calor entra muy bien. En junio hace ya mucho calor, pero es seco.

Xiva se encuentra cerca de la frontera con Turkmenistán, entre los desiertos de Kara-Kum y Kizil-Kum. Forma junto con Samarcanda y Bujará el “triángulo de oro” de Asia Central, siendo un oasis en la Ruta de la Seda. La mayoría de los monumentos que se conservan no son antiguos, de la primera mitad del siglo XIX, pero disfrutamos callejeando entre altos minaretes, mezquitas, madrazas en desuso y palacios, como el de Tash Hovli, uno de los edificios más suntuosos de la ciudad, levantado entre los años 1832-1841. Su nombre significa “Casa de piedra” y dicen que en su construcción trabajaron un millar de esclavos, con objeto de convertirla en la más lujosa, destacando sus paredes de azulejos y cerámica procedente de China, las columnas labradas en mármol y los techos con artesonados de madera. Es uno de los edificios más hermosos que se pueden visitar.

Xiva es un auténtico museo al aire libre. Si te gusta tomar fotos aquí disfrutarás de lo lindo, pues no hay rincón que tenga desperdicio. Repartidas por el recinto amurallado hay numerosas madrazas, antiguas escuelas coránicas, entre las que destaca la de Allakuli Khan, construida a mediados del siglo XIX. Pasamos por puestos de venta de artesanía, destacando las marionetas y accedemos a la Mezquita Juma, en la que destaca su impresionante patio con 212 columnas de madera delicadamente talladas cada una de una forma diferente.

Seguimos disfrutando de esta fascinante ciudad, de sus palacios y madrazas, llamándonos especialmente la atención el minarete Islam Khodja, que termina en forma casi puntiaguda y 57 metros de altura. Decorado con ladrillo cocido, es el más elegante de la ciudad. Junto al minarete se encuentra la antigua madraza del mismo nombre, que cuenta con 42 celdas y una gran sala abovedada. La fachada, a juego con el minarete, está decorada con esmaltado.

El sol empieza a caer y estamos algo cansados, pues el calor agota, así que con tranquilidad nos dirigimos a Kunya Ark, una fortaleza que es como una ciudad dentro de la ciudad. Cuenta con dobles murallas de adobe de 10 metros de altura que daban cobijo a la antigua residencia de los Khanes. Desde la parte superior tenemos la mejor vista de Xiva, pudiendo contemplar todos sus minaretes. Enfrente está la Madraza de Mohamed Rakhmin Khan, pero nos dirigimos al otro extremo del recinto amurallado, pues vamos a celebrar mi cumpleaños en un lugar bastante fino, el Restaurante Khorezm Art, situado frente al Conjunto de Allakuli Khan. Para no variar cenaremos carne, aunque antes nos tomaremos una botella de vino. Os recuerdo que estamos en pleno Ramadán, en un país en el que el 88% de la población es de religión musulmana suní, pero no parecen muy practicantes, fruto de la época soviética. Cuando salimos nos damos cuenta de que en Xiva no hay alumbrado público. La seguridad es total, pero tenemos que caminar por un laberinto de callejuelas bajo la luz de la luna y la que proporciona algún edificio iluminado. Pronto una niña acude en nuestra ayuda y nos guía hasta la puerta, frente a la que se encuentra nuestro hotel. Nos va a alumbrando con la luz de la pantalla de su móvil. La gente en Uzbekistán es encantadora.

Iniciamos una nueva jornada madrugando de nuevo, pues tenemos que concluir la visita a la encantadora población de Xiva, importante oasis en la Ruta de la Seda. Hay que aprovechar la mañana, pues a las cuatro de la tarde tenemos el vuelo de regreso a Taskhkent. Seguimos deambulando por el interior del recinto amurallado y accedemos al Mausoleo de Pahlavan Mahmud, fundador de una rama del sufismo, que vivió entre los siglos XIII y XIV. De allí nos dirigimos a la calle principal para fotografiar el omnipresente Kalta Minor o minarete corto, que se quedó inacabado pese a haberse proyectado para ser el más alto del mundo (80 metros), superando en dos al Qutub Minar de Delhi. Hoy es el emblema de la ciudad.

Al llegar a otra de las puertas de la muralla, la Ata Darvaza, vemos a la izquierda un enorme mural de la Ruta de la Seda, ante el que nos sacamos una foto las dos parejas que realizamos el viaje por libre. Al lado se encuentra el monumento a Muhammad Ibn Muso Al Xorazmiy, el gran matemático que introdujo el álgebra y la noción de algoritmo, nacido en Xiva en el año 783. Junto al Kalta Minor un grupo se prepara para un espectáculo de danza pero, como se demora, nos dirigimos a una terraza cercana a tomar una cerveza mientras nos deleita un grupo de música tradicional.

Salimos del recinto amurallado por la puerta Pakhalavan Darvaza, que nos conduce a Dishon Qala, la ciudad moderna o exterior, un lugar mucho más auténtico, pues es donde vive y compra la población local, pues en el centro histórico solo hay comercios de hostelería, artesanía y recuerdos, así que pasamos un buen rato recorriendo el mercado, deteniéndonos en los puestos de frutas, verduras y hortalizas (¡qué buenos son los tomates!) y fotografiando a una jovencita que prepara un helado y a los orgullosos carniceros.

Pese a ser un lugar impresionante, en Xiva casi no hay turismo extranjero, pero si muchos turistas nacionales, así que las últimas fotos están dedicadas al pueblo uzbeko. Curiosamente no vimos a casi ninguna mujer vestida de negro ni con la cara tapada, algo habitual en otros países musulmanes. Esta es la moda femenina de Uzbekistán. También fotografié a un grupo de niños y a un par de familias, primero con su móvil y luego con mi cámara. Eso sí, la última foto he querido dedicarla a la simpática niña que la noche anterior nos guió hasta las proximidades de nuestro hotel, iluminando nuestro camino con su teléfono móvil. Es mi agradecimiento al pueblo de Xiva que tan bien nos acogió.

Una apresurada comida en el Hotel Asia Khiva a base del tradicional plov, no muy bueno por cierto, y de nuevo a la furgoneta que nos traslada al aeropuerto de Urgench. Dos horas de vuelo en un avión de hélice de Uzbekistán Airways (estaba previsto un Airbus 320) y estaremos en la capital del país, Tashkent. El viaje continúa. Próximo destino: Kazajistán.