El objetivo de Netanyahu

En este ataque a Irán por el petróleo (yo no tengo que andarme con eufemismos) también hay víctimas colaterales, como dicen los horteras: “Irán eleva a 148 las estudiantes muertas en un bombardeo israelí contra una escuela en el sur del país” (Cadena SER). Parece que el ejército israelí, liderado por Netanyahu y su gobierno de ultras, tiene cierta fijación por este tipo de objetivos civiles: según UNICEF, “en los dos últimos años se ha confirmado la muerte o la mutilación de la escalofriante cifra de 64.000 niños y niñas en toda la Franja de Gaza, entre ellos al menos 1.000 bebés”. En Irán, también.

Pues sí

No me gusta Pedro Sánchez, soy crítico con el seguidismo que los partidos nacionalistas hacen al PSOE en el Congreso (especialmente sangrante es la alfombra roja de EH Bildu y, sí, he escrito “sangrante” a propósito), y creo que el “yo o los fachas” del presidente español y secretario general de las y los socialistas no es suficiente (especialmente, con lo mal que va España, objetivamente). Pero esto solo puede parecerme bien: “Pedro Sánchez, fue uno de los pocos líderes que denunciaron las acciones del ejército israelí y afeó a líderes de la UE el doble rasero que, según él, existe con Israel” (Infobae).

Defiende esto, Tellado

Lo cierto es que el PP lo pone muy fácil para que Pedro Sánchez se aferre a su “yo o los fachas”. Solo tenemos que recordar a Miguel Tellado defendiendo la «valentía» de Vito Quiles y alabándole, después de que su partido le hubiese contratado para el cierre de campaña de Aragón (donde Vox le pegó otro mordisco a su tostada). Pues bien, Vito Quiles ha tuiteado esto: “Jajajajaja. ¿Y la mentira? Siempre en mi equipo, siempre con Rafa Mir”, después de saber que Rafa Mir había dicho “has venido en patera” al jugador del Espanyol, Omar El Hilali. ¿Lo defiende Miguel Tellado? ¿Lo alaba? ¿Lo considera “valiente”?

¿Nos va a ayudar EE.UU.?

Ali Jamenei lideraba un gobierno retrógrado, era un dictador más en Oriente Medio que explota sus recursos naturales para alimentar a su ejército más que a su población, a la que trataba a látigo (a veces, literalmente). Pero EE.UU. e Israel no tienen potestad para cargárselo y, después, saquear su petróleo y su gas. De ninguna manera. Y veremos si lo logra, porque Irán se defiende y lo hace atacando a todo lo que puede: “Un dron alcanza una base militar de Reino Unido en Chipre” (Euronews). ¿Y si atacan Rota? ¿Quién va a defender a Europa? ¿Trump? ¿A cambio de qué? El ejército profesional europeo es una necesidad indiscutible.

¿Avanzamos?

Hace no tantos años, Vox era un grupo de frikis liderados por Santiago Abascal, en el que sacaban a José Antonio Ortega Lara como a un paso en la Semana Santa, y en el que Javier Ortega Smith y Cristina Seguí buscaban pelea en los medios tradicionales e Internet, respectivamente. La Seguí, una agitadora ultra rudimentaria, se metía en todos los charcos y por eso, estos días se enfrenta a un juicio “por revelar datos de una menor acogida por un matrimonio gay” (El Diario). Antes “ya fue condenada a 15 meses de prisión por humillar a una menor de edad víctima de una violación”. Vox sigue siendo esto, pero más sofisticado.

Intolerable

Da igual quién haya empezado y quién haya cebado este modo de hacer política gruesa, basada en la descalificación y el señalamiento, este modo de empujar para hacer caer ministras, ministros, consejeras y consejeros. Este modo de degradar a todas y todos los que nos dedicamos a la política, desde el comentario a la cabeza de cartel. Lo importante ahora es terminar con actuaciones como la de Carla Toscano contra Irene Montero. Lo dicho no hace falta reproducirlo, pero sí tiene que ser sancionado (la presidencia del Congreso no estuvo a la altura) y zanjado por prensa y partidos, comprometidos a volver a subir el nivel democrático.

Gentuza

Carla Toscano es una diputada de Vox que se presta, como en su día hizo Macarena Olona, a pronunciar los discursos más machistas siendo mujer, por el qué dirán. Carla Toscano prostituye así la democracia, el estrado, el turno de palabra y su día a día como diputada en el Congreso. No es aceptable. No es tolerable ni siquiera sabiendo, como sabemos, que forma parte de un partido ultra que es un pozo de estiércol inacabable: “La Fiscalía denuncia a Cristina Seguí por exponer públicamente a varias menores violadas” en Twitter, leemos en El Plural. La cofundadora de Vox mostró a dos niñas de doce y trece años.

El ciclo del odio

Actuaciones como las de Carla Toscano y Cristina Seguí solo generan dolor y odio. No aportan nada, no impulsan nada, no crean nada positivo. Por eso hay que arrancar de raíz las malas hierbas antes de que se reproduzcan. El ciclo del odio es muy dañino y tenemos que romperlo. ¿Qué sensación puede generar en Europa la presencia de un militar ruso durante las dos próximas generaciones? De ese odio, de ese rencor, son responsables Putin y quienes le justifican mientras a las y los demás nos remueven noticias como esta en El Independiente: “Un recién nacido muere en un bombardeo ruso a un hospital en Vilniansk”.

Parte y juez

El caso vasco (que ETA emponzoñó durante décadas para que ahora quienes secuestraron en su nombre den entrevistas en Europa Press defendiendo ministerios, leyes y presupuestos generales del Estado), el caso catalán, a todas luces pendiente de resolver, y ahora el caso escocés, muestran claramente que un Estado no puede ser parte y juez al mismo tiempo cuando hay una aspiración nacional insatisfecha. “La justicia británica prohíbe a Escocia celebrar un referéndum de independencia sin permiso de Londres” (República). Lo contrario habría sido lo sorprendente, pero lo recomendable es resolver los problemas.

Todos los gestos cuentan

Algunos, como los jugadores iraníes, han sido especialmente valientes, pero para mí también cuentan las rodillas clavadas de los ingleses o las bocas tapadas de los alemanes, como cuentan las mujeres que lucen los brazaletes arco iris desde posiciones de privilegio (la periodista Alex Scott o la ministra Nancy Faeser). Todos los gestos ayudan a señalar la desvergüenza de la FIFA, encabezada por un Infantino que ya no se ruboriza por nada, y la mano dura de la dictadura catarí y la soberbia de la clase alta del país. Pero sobre todo cuenta la valentía de la prensa que señala, describe y emite cada gesto de dignidad.

No podemos perder esto

Esto que escribe Mikel Segovia en El Independiente solo podemos leerlo de una manera, como una buena noticia: “El coste laboral medio supera los 3.300 euros en las comunidades más caras frente a los 2.300 que de media tiene el conjunto del tejido productivo en las comunidades del sur del país, donde también el desempleo es más elevado”. No podemos perder ese valor, ese reconocimiento y esos derechos logrados. Y para no perderlo primero tenemos que ser consciente de que lo tenemos, y la conflictividad laboral permanente no puede ser la venda en los ojos ni el tuit que intenta tapar las buenas noticias.

Tendremos que pagarlo

Estoy a favor de conservar nuestra manera de reconocer el valor en el trabajo, que mejora a la de nuestro entorno (aviso gratuito para navegantes: quien no quiera un trabajo precario que no llame a Glovo, Just Eat, Uber o similares). Pero todo eso tiene un coste y también tenemos que asumirlo. Si las condiciones laborales mejoran los precios subirán. Y así tiene que ser. Al respecto, en Pymes y Autónomos reflexionan sobre por qué las ofertas de empleo no se cubren: ya no solo es el salario, cuestiones como el teletrabajo o el manejo del tiempo propio empiezan a importar y a sumar como ingreso, pero también como coste. Así tiene que ser.

Y no como hace Amazon

Estamos hablando mucho de Elon Musk últimamente por su deriva neocón y su ansia de trascender por medio de Tesla y Twitter, pero Jeff Bezos, otro salvador del planeta que ha acabado amasando una fortuna infame (sí, hay fortunas infames, inmerecidas, vergonzantes, escandalosas e injustificables, como las de estos dos pollos), le coge hoy el relevo: mientras Bezos llega al espacio, su personal va huyendo de Amazon tan pronto como puede por las condiciones laborales. Y eso está empezando a suponerle un problema, especialmente en departamentos en los que hasta el 70% de sus empleados han abandonado.

¿Dónde está ese dinero?

No entiendo cómo funcionan las criptomonedas. Nadie lo entiende, realmente, salvo quienes están en el negocio. Y quien está en el negocio y gana dinero no lo hace por su conocimiento en tecnología, sino por su experiencia en especulación. Entiendo lo justo de cómo funciona este mundo como para saber que si alguien me dice que en bolsa también desaparece el dinero me intenta mentir o no tiene ni idea de lo que habla. Porque en bolsa el dinero siempre cambia de manos, y en las criptomendas, también: los 80.000 millones de pérdidas de estas semanas son las ganancias de algunos sinvergüenzas. Así funciona el mundo.

¿Y dónde está el sentido común?

Como dice mi amigo Igor Filibi: “La gente tiende a ser coherente”. Por eso no espero mucho sentido común de quien se ha autoerigido en defensora de la extrema derecha en Twitter, entrando en todos los barros que sean necesarios, como hace Cristina Seguí. Y si se tiene que ensuciar hasta el alma, lo hace: “La Fiscalía ha abierto diligencias de investigación penal contra la responsable de la organización Gobierna-te, Cristina Seguí, por la difusión de un vídeo en el que al menos una de las menores víctima de una agresión sexual en grupo en la localidad valenciana de Burjassot conversa con una amiga” (República.com). Correcto.

Tenemos que inventarnos dramas

Hace cinco años se popularizó El Trap de Las Meninas, en el que el verso “tenemos que inventarnos dramas” tuvo un especial éxito precisamente porque es sangrantemente cierto: el del pasaporte COVID es el último drama que algunos han necesitado inventarse para pasar de su responsabilidad. Antes de ser objetivo en su propia emisora del odio de los negacionistas, Txema Gutiérrez tuiteaba con tino: “Pues ya he hecho uso del dichoso Pasaporte Covid para poder cenar en un restaurante, y qué quieres que te diga, no me sentí en la Varsovia ocupada por los nazis ni nada de eso. Todo muy bien, muy correcto y muy razonable”.

Un bonito autorretrato

Entre mis pocos logros en Twitter exhibo el de haber sido bloqueado por la ultraderechista Cristina Seguí mucho antes de que Vox fuera lo que es hoy. Pero no por ello he dejado de ver sus peripecias, ya que los pantallazos en los que se autorretrata abundan. Uno de los últimos es el comentario negativo que puso en Google a un restaurante que no le dejó entrar, precisamente, porque no podía mostrar su Pasaporte Covid. Sin haber consumido, Seguí habló de la mala calidad de la comida y el servicio, a lo que la gerencia del restaurante, evidente, contestó haciendo viral el selfie que la de Vox se ha hecho.

Pero, ¿qué crees que no saben ya de ti?

Puedo entender que alguien no quiera vacunarse porque es una muestra más de nuestro fracaso como sociedad y como gremio: hemos dejado que cualquiera desinforme mejor de lo que nosotras y nosotros informamos. Pero no entiendo que alguien ponga la excusa de que con el Pasaporte Covid nos tienen controlados: “Aceptas cookies, tienes activada la ubicación del móvil, puntúas los sitios en Google, publicas tu vida en Instagram, Facebook y Twitter, pero no quieres mostrar el Pasaporte Covid en un bar, porque José Luis el camarero utilizará la información para dársela a un traficante de órganos kurdo”, tuiteaba Guapito de Cara.

Pero ese QR no te salva

Puedes estar vacunado, tener tu Pasaporte Covid descargado en el móvil, mostrarlo al entrar a un restaurante, quitarte la mascarilla para cenar con otra familia y contagiarte. “Que las vacunas no te vuelven inmortal es algo que nunca pensé que habría que explicar”, tuiteaba con resignación la Concejala de Festejos (una cuenta muy popular, con más de 60.000 seguidoras y seguidores). Por supuesto, tampoco te vuelve impenetrable el QR que llevamos en el móvil o el bolso. Nada lo hace, ni siquiera la extrema precaución. Pero todas las medidas, todas, se han mostrado útiles pese a la queja constante de los que van de listos.

Sí, así somos

Borja Barba lo ha tuiteado mucho mejor de lo que yo podría escribirlo, así que me limito a copiar y pegar: “Hay que empezar a asimilar ya que hay un muy elevado porcentaje de mayores de 40 añitos con una mentalidad extremadamente infantil. Para evitar sorpresas”. Y la mentalidad infantil no tiene nada que ver con comprarte una consola, seguir leyendo cómics o jugando la pachanga con los mismos amigos de siempre. Por supuesto que no. Ser infantil es no asumir la parte de responsabilidad que te toca y echar la culpa a “los políticos” como veinte años antes se la echabas a “los viejos”.

A una fiesta… A provocar

Antes, Cake Minuesa era el único que se presentaba en celebraciones ajenas (también electorales) para provocar. Ahora, hasta a él le ha salido competencia: Hugo Pereira y Cristina Seguí (del canal en YouTube de Javier Negre) también acudieron ayer a la Diada a ver si encontraban la bronca que tanto buscan. Minuesa, Negre, Pereira o Seguí son las mejores muestras y, a la vez, los peores exponentes de cómo algunos manosean el “periodismo” o la “información”. Dos conceptos, dos elementos tan importantes hoy y, al mismo tiempo, más maltratados que nunca por aprovechados como ellos y sus secuaces.

La mentira vuela

Un usuario de Twitter que se hace llamar Sheldon (nunca he entendido cómo la distribuidora no ha parado la utilización del personaje) y acumula más de 89.500 seguidores ha difundido la mentira de que Igor González, el preso de ETA que se ha suicidado, ampliando la historia de tragedias que nos deja la banda, fue quien secuestró y asesinó a Miguel Ángel Blanco. Una búsqueda en Twitter de 10 segundos permite comprobar que no es cierto, pero su falsedad ya tiene más de 13.000 retuits. El tuit de Diego Barros desmintiéndolo con contundencia, solo 16. Así va esto. Así lo manejan los difamadores. Así de mal nos va todo.

Ellos lo hicieron una cuestión de Estado

La supuesta financiación ilegal de uno de los principales partidos políticos españoles y que esta fuera posible por mordidas a receptores de obra pública es, evidentemente, una cuestión de Estado. Por eso la moción de censura no solo fue posible, también fue correctamente inevitable. Pero fue el PP quien elevó el asunto antes que nadie tirando de fondos reservados para pagar a soplones, como el chófer de Bárcenas. Lo hacían por su propio interés, para lograr la voladura controlada que buscaba Cospedal, pero el volumen de lo que estaba pasando era tan grande que todavía seguimos asombrándonos.

El gobierno más de izquierdas

La entrada de Podemos en el gobierno ha podido suponer algún cambio menor, como la futura prohibición de las líneas 902, pero en las cuestiones grandes siguen resbalando hacia la derecha. Javier Vizcaíno recopilaba varios titulares en pocas horas bastante sorprendentes: la congelación del sueldo a los funcionarios, que los ERTE consuman tiempo de paro, ampliación de la edad de jubilación o que las universidades públicas busquen empresas privadas que las patrocinen. Si estas medidas las proponen otros gobiernos ya tendríamos a los sindicatos convocando paros. La “izquierda” se dice, pero no se hace.

Sí, es importante

La expectación que ha levantado solo el tráiler de la nueva versión de Dune es la última muestra de la relevancia creciente de la ciencia ficción. Un género que siempre ha sido tratado como menor, como producto de entretenimiento sin capacidad de analizarnos a nosotros mismos, como mercado (no solo cultural, también de merchandising o hasta videojuegos) para frikis. Pero no lo es: la ciencia ficción hace tiempo ya que reclama su espacio cultural, que retrata sociedades y comportamientos humanos tan bien como cualquier otra expresión artística, y que es capaz de alcanzar a grandes públicos. Sí, importa.